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El masculino es neutral

El terrible accidente entre el género gramatical y el género biopsicosocial

  
También en Opinión/Colaboradores
Nota publicada el 10 de enero de 2019
por Manuel Sánchez

En español, utilizamos dos categorías para clasificar las entidades del universo: femenino o masculino. De un tiempo para acá se ha señalado que el uso del género gramatical masculino tiene una gran preponderancia en la lengua española, lo que revela que esta lengua es sexista –machista. Yo no creo que sea el caso. Comparto la opinión del Dr. Ignacio Bosque quien señala que la lengua no es sexista, pero sí el uso que se haga de ella. El sistema gramatical de una lengua, esa parte que opera de maneras subrepticias en nuestra consciencia, con dificultad es víctima de un sistema heteropatriarcal, en parte, porque los hablantes no tienen acceso directo a él: no es difícil crear una palabra, pero sí es difícil crear un morfema.

La razón por la que se asume esta visión machista del español es que el género masculino no sólo sirve para etiquetar a las entidades masculinas sino también para las neutrales. Por lo que si no sabemos con exactitud cuál es el género de alguna cosa en el universo, la marca “por defecto” será la masculina. ¿y por qué no la femenina? Se preguntarán. Bueno, en español sucedió de esta manera, pero hay otras lenguas, como el alemán, en donde es el femenino el que funciona en casos neutros o genéricos –aunque esta lengua también tiene una categoría independiente para el neutro.

Vamos por pasos: he usado “género” como concepto corriente cuando en la actualidad es territorio de una batalla campal entre intelectuales –progresistas y conservadores– y defensores de los derechos humanos. Más allá de disponerme a usar “género” como concepto clave a nivel biopsicosocial, me remitiré única y exclusivamente a su concepto en lingüística: el género como clasificador, en específico como clase nominal.

Resulta que en muchas lenguas en el mundo existen clases nominales del tipo binario, como la nuestra, otras con sistemas ternarios, como el alemán, y otras lenguas con sistemas n-arios. Por ejemplo, se ha documentado que en las lenguas bantus (habladas en África) se utilizan 22 clases nominales. La decisión de que algo pertenezca a una u otra clase llega a ser arbitraria. En algunos casos particulares, puede ser por la forma del objeto (redondo o con puntas) o si es animado (vs inanimado). Pero en otros casos, es solo por tradición, difuminada en la historia de cada pueblo –a veces, irrecuperable.

Ahora, en español, si se nos presenta un nominal nuevo, digamos “leka”, es probable que coloquemos esta palabra en la clase nominal “femenino”, por lo que diríamos “la leka” o “una leka redonda” en donde hay concordancia de género como se observa en la terminación en “-a”. De la misma manera, si fuera en su caso “lako”, la “o” produciría el mismo efecto, y colocaríamos esta palabra en la clase nominal masculino. No obstante, en casos como “lake” ¿qué usaríamos? Unos podrían decir que el masculino, pero tenemos casos como “la nave”. La terminación en “e” ¿qué clase nominal debería ser?

En efecto, decir que es masculino es con probabilidad correcto. Y es que el masculino y el femenino, en cuanto géneros gramaticales, no marcan el género biopsicosocial de la entidad nombrada. Pudimos haberlos llamado “Clase A” y “Clase B”. Y lo que es más, se opera de manera negativa: sino es Clase B, entonces es Clase A. ¿Qué quiere decir esto? Pues que, si no es femenino, entonces ha de entrar en la clase de “todo lo demás”.

Como pudimos ver con el ejemplo de “leka”, no es con totalidad cierto que, al no saber el género biopsicosocial de la entidad, la marca en automático será masculino. Hay otras pistas, en la estructura lingüística, que nos dicen qué género gramatical debería ser asignado. Esto refuerza la idea de la separación entre estos dos “géneros”. De nuevo, género biopsicosocial no es igual a género gramatical: los casos en donde coinciden son un accidente histórico. Uno que ha traído una discusión hasta nuestros tiempos, pero accidente al fin.

Suponer, por lo tanto, que digo “los jefes llegaron a la fiesta” y acusar a esta frase de sexista es absurdo, partiendo de que “los jefes” es una categoría neutra: en ese grupo también puede haber entidades del género biopsicosocial femenino, y, de hecho, de cualquiera de los N géneros que en nuestra sociedad puedan surgir. Pero si digo que “las jefas llegaron a la fiesta”, esta categoría es específica (es Clase B, por lo que no es “todo lo demás”). Esto demuestra que “las jefas” es un subconjunto de “los jefes”, por lo que la lectura inversa sea ilógica.

Lo que sí es sexista es decir “los jefes llegaron a la fiesta con sus esposas”, no por la asignación de género gramatical sino por el uso de los sustantivos y la estructuración de la información.

Lo que me parece más grave de todo esto es el colocar como centro de la discusión las clases nominales y la creencia incorrecta de que el cambio en el lenguaje cambia las prácticas. Hay comunidades en donde sus lenguas carecen de estas clases nominales por completo: todo es una misma clase. Esto no da como resultado comunidades “más equitativas”. No hay que ir muy lejos: el inglés carece de estas marcas cuando se refiere al plural: “the professors” para “los profesores”; el alemán utiliza la misma forma en artículos definidos y pronombres en femenino para referirse a grupos: “die Professoren” para “los profesores”. Y las comunidades que hablan estas lenguas no son precisamente ejemplos de equidad.

Entiendo que la acusación a esto sea una forma de evidenciar siglos de gramaticalización (uno que otro lingüista ya puede retorcerse, lo acepto) y de historia de una comunidad, pero no es en la gramática, sino en el uso en donde se puede llegar a tener algún tipo de injerencia. Es morderse la lengua cuando se dice “golpea como niña” o “tardaste mucho, pareces señorita”. Es ahí en donde inicia el cambio en el terreno lingüístico. Pero sin duda, va vinculado al cambio de las prácticas que hay de fondo. La lengua es camino andado, es reflejo de una sociedad, es síntoma de sus costumbres. Cambiarlo con ánimos de cambiar la práctica es como tratar de curar la viruela maquillando las llagas.

Las discusiones que desencadena el lenguaje inclusivo me llevarían mucho más espacio que una columna. Es por ello por lo que en la siguiente entrada hablaré un poco sobre las implicaciones políticas. En este caso, mi sola intención ha sido abonar a la argumentación de que, la marca masculina como neutro en el género gramatical es: 1) un accidente; 2) así también el difuminado vínculo entre género gramatical y género biopsicosocial y 3) cambiar la lengua no provoca el cambio de prácticas; pero cambiar las prácticas impactará tarde o temprano en la lengua.

Manuel Sánchez. Licenciado en Sociología y Ciencias de la Comunicación UABC. Maestro en Lingüística por la UNISON. manuel.wortens@gmail.com.
 
 

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